Un cineasta en la guerra
de Pompeyo Alvarez Miloni
Los Miloni conforman una familia argentina atípica, unida por un oficio heredado, sino genéticamente, al menos por costumbre. Se trata de la fotografía del cine, y su herramienta, la cámara, en un principio ciega, luego reflex. Corrían épocas de documentar lo sucedido, por la que el estado argentino quería plasmar el presente y así transmitirlo a generaciones futuras. Un poco por influencias del documentalismo germánico, y otro tanto por la necesidad verse a sí mismos, los políticos de entonces creyeron indispensable que un ojo argentino viera por dentro, y luego en el exterior, aquello que cambiaba con un dinamismo excesivo a su capacidad de análisis. Además, verse en la historia reciente les garantizaba una permanencia en el futuro, cosa que creían con cierta devoción inocente.
Pompeyo es el nieto de Aurelio Gutiérrez Miloni, fotógrafo oficial de las batallas contra los indios. O al menos lo fue, hasta que cayó prisionero de un malón que gastó esfuerzos en conseguir material virgen para los retratos negociados a cambio de la integridad física. Al punto que distrajeron los cuidados, quedando a merced de tropas irregulares, en los límites sureños de Tandil. Aurelio volvió a la civilización marcado por el resto de sus días, opaco y silencioso, conteniendo un algo que la familia nunca pudo desentrañar. Aún así transmitió el conocimiento de la exposición del negativo, el revelado y la copia. Fue su hijo, Melquíades Volkad Miloni quien accedió a los primeros mecanismos de la imagen en movimiento. Pompeyo evoca a su tío, al punto de ubicarlo en las cercanías de los hermanos Méliès. Fue su rutina filmar el transcurrir de los hijos de las familias patricias de Buenos Aires en París, un tierno regalo para el disfrute de recuerdos entre Montmartre y el Lido. Pompeyo escribe sobre los ancestros con firmeza y convencimiento pleno: argumenta que si no fuera por Melquíades, Buñuel y Dalí no habrían cortado ojo alguno con una navaja. Dice que el truco se los enseñó en cierta pensión de inmigrantes donde compartían habitación, mientras esperaban una oportunidad de fama.
Hacia la mitad de Un cineasta en la guerra, Pompeyo comienza a describir algo más que memorias. Refiere sensaciones, disciplina, conocimiento puesto en juego para mantener una línea de trabajo. Para un hombre-cámara, explica, lo fundamental es conocer profundamente el mecanismo que le permite tomar imágenes. En poco tiempo, desarma y vuelve a su lugar todas las piezas de una cámara de 16 mm. La herramienta está lista y preparada para la misión más importante, aquella que lo pondrá frente al espectáculo más duro que sacudirá a la humanidad: la matanza de la Segunda Gran Guerra. Extrañamente, Pompeyo no fue soldado, ni vistió uniforme. El comienzo del conflicto lo encuentra en las playas de Nápoles, retratando la vida de pescadores y aldeanos. Y es su amigo, Leónidas Aguirre quien lo convoca para viajar a través de la Europa en conflicto. Los pasaportes sudamericanos resultan irrisorios, sumando a ellos una credencial periodística del diario Visiones, tan apócrifo como su locación: San Agustín de la Señora del Buen Ayre. Creyéndose inmunes ante la ignorancia de oficiales y soldados, pasaron de las montañas del Abbruzzo a la Baja Renania. Se internaron, voluntaria e inconscientemente, en las entrañas del III Reich. Una vez allí, la pareja documentalista expresó loas a toda la población, retratándola en tareas de campo: cultivos y cría de ganado pastoril. Pero lo que ocuría fronteras adentro de Alemania no era un mundo ideal de bávaros y los días de bondad de la generosa naturaleza. Se preparaba la maquinaria de la voluntad por el crimen metódico.
Con la diáspora política y racial, los caminos de la antigua Germania quedaron diáfanos, transitables, salvo por los molestos convoyes de armamento y gentes aferradas a valijas y trastos viejos, que al costado del camino piden por pan, ayuda o vaya a saberse qué cosa. Pompeyo lleva una libreta en la que anota día a día, detalles del recorrido. También allí dibuja, garabatea rostros, paisajes, actos militares, bacanales políticas de incomprensible talla y concurrencia. Llega a Munich y es testigo de las necesidades por la que atraviesa el pueblo, más desde un puesto como expendedor de alimentos de un panadero argentino de apellido Ruofen, quien casualmente lo conoció en una kermese de la iglesia metodista donde Pompeyo retrataba a los concurrentes por monedas de escaso valor. Sabemos que llega a Dresde, donde al final del conflicto es testigo atónito de los bombardeos aliados. Anota, a manera de fresco: “Llamaradas caen del cielo. Las bombas estallan antes de tocar tierra y distribuyen la luz como si el agua corriendo en el aire buscara un cauce que las calmara. El olor a carne quemada se antepone a cualquier gusto, cualquier necesidad. Cada vez quedan menos lugares dónde refugiarse.”
Salvo el diario, nada de él ha quedado para la memoria. Ni los preciosos negativos, ni la cámara que lo acompañó en tan extraña travesía. Sólo algunas copias papel sobrevivieron como testimonio, hoy en la colección de cierto banco de Zurich, a resguardo de la intromisión de otras miradas, casi tesoro, o piedra de toque del sufrimiento de un personaje olvidado tanto por el destino como por la historia.

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