Lecturas

[Me fuí a leer. Y traje esto.] 

Lentamente, circundamos la maravilla. Echada con todo su peso sobre la playa, parecía trabajar para su disolución, como si, de ahora en más, hubiera decidido pertenecer a la tierra -como pertenecían esas rocas bajas y angulosas, esas magras plantas duras que a nuestras espaldas crecían fuertemente adheridas a la pizarra y a las que la brisa ni siquiera arrancaba el más ligero estremecimiento. Pero las rocas eran ocres. La ballena, en cambio, blanca, de un blanco insulso, como el blanco de la leche derramada. Aquella blancura le era propia. Una blancura sin luz, helada, cerrada por completo en sí misma, de espaldas a toda gloria, con una resignación apenas patética. La blancura, en fin, de una ballena que no se daba demasiada importancia, que rehuía la elocuencia y desconfiaba terriblemente de las palabras; una ballena de naturaleza tan simple, tan próxima a nosotros que nos inducía a pensar que podríamos haber sido un par de buenos amigos…

Baleine, Paul Gadenne, Trad. de Rodolfo Rabanal, Per Abbat, 1982, pag. 22.

~ por OmarG en Octubre 8, 2007.

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