De lejos parece un humo

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Que una cosa lleva a la otra no es novedad. Ni mucho menos, un descubrimiento de la confusión y olvido histórico del siglo XXI. Siguiendo el camino del cine, las relaciones políticas producen bisagras, rupturas, y también grietas. La maquinaria bélica nazi fue la salida económica a la recesión endémica germana, a un costo criminal en los frentes internos y externos. Lo mismo puede pensarse de los yanquis, a un mismo tiempo y espacio, que se ha extendido hasta hoy como base fundamental del imperio que actúa sin oposición en todo el planeta. Prebenda de los fuertes y brutales centuriones de la tecnología del genocidio.

Pero dejemos la referencia histórica por un instante y vayamos hacia el pasado, o a los productos del mismo. A Frank Capra y John Ford se atribuyen la realización de ciertos documentales durante la segunda guerra mundial. Hoy se los encuentra compilados para la venta en formato DVD, ya como ejemplo de la propaganda bélica, testimonio, y voluntad de triunfo de una nación. También se los puede ver en internet. Tomemos, por ejemplo, el que comprende La Batalla de Rusia, donde a los dos minutos encontramos escenas de Alexander Nevski de S.M. Eisenstein. Siempre sin hacer mención del autor ni citar la fuente. Al fin, la guerra es la guerra, y el triunfo requiere de cualquier sacrificio. Pero quiero observar ciertos detalles respecto a La Batalla de Rusia. La factura de las imágenes, la materia del documental de propaganda, no sólo contiene infografías animadas por los estudios Disney, sino material de documentales nazis e imágenes de miles de películas de propaganda soviética. Es tan fino el entramado de la mezcla que sugiere un único origen, el reciente Pentágono y su tarea de espionaje. La Batalla de Rusia es tan elogiosa del pueblo de la URSS, y explícita en resaltar su majestuosidad como potencia mundial, que no es otro el fin que un mensaje al enemigo: nuestro aliado es tan grande como nosotros, somos dos titanes cerrando pinzas. Una terrible y real amenaza. Ahora, es tan elaborado el montaje, el texto, la dinámica del resultado, que a las claras no es producto de un director sino de un equipo de comunicación. Capra, al igual que Ford, habrán puesto el nombre y asesorado en algunos aspectos, pero el producto final es un acto de propaganda como norma de contrainteligencia. De hecho, la prueba de lo efímero del reconocimiento que un imperio dispensa a sus serviles, es que Capra fue sospechado por el FBI como prosoviet.

Hoy la propaganda demuestra ser inútil sino es redigerida como publicidad desinformadora. Tampoco se repite la historia, sino que se agudiza el conflicto. Antes nadie se preguntaba por qué peleaban, hoy sí, lo que no mejora el futuro, al menos el nuestro, en nada.

~ por OmarG en Abril 22, 2007.

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