El Adoctrinador

De Jana Korpokova

Hay funcionarios en todo ámbito moderno. Están aquellos que simulan gran pompa de actitud laboriosa, y los hay de los otros, quienes cumplen el horario de la representación. La burocracia de la ex Unión Soviética no fue ajena a las dificultades del papel y su firma, a la autorización verticalista y la consecuente competencia horizontal. Un caos con cierto orden de cadencia, que obedece al servicio, mayormente al servilismo vocacional. Nacer, crecer y morir entre madejas de órdenes, contraórdenes y circulares, parecía el horizonte normativo de la existencia moscovita. Hasta que lo social sufrió la interrupción de la cadena de mando: sin mayor causa, o por menor capricho anónimo (sí, en el circuito insondable del mando firme lo anónimo también se desliza). Durante el Trigésimo Cuarto Congreso de Escritores de Ficción Revolucionarios faltó lo que no podía faltar. Papel. ¿Cómo y dónde escribir los informes sobre el discurso ajeno? ¿De qué manera tomar nota de la contradicción pequeño burguesa o la velada crítica al perfecto sistema socialista de la Madre Patria? ¿Se puede dejar escapar el menor tono o gesto ante el discurso del Líder de la República sin informarlo? La falta, a todas luces, era un flagrante atentado hacia la libertad de informar, a la vez deber elemental para cualquier miembro del Partido.

Tal contexto -como reducido universo de expectativas truncas-, es sólo el marco de lo que Jana Korpokova construye un primer andamio en torno al misterio del papel ausente. Curiosidad exquisita es que en las más de trescientas cincuenta páginas, tampoco aparece la palabra blanco, lo que implica una abolición tanto material como simbólica de la delgada superficie de celulosa cortada en forma rectangular. La humorada continúa en la escena del Teatro de Cámara Revolucionaria Camarada Pertichenko, donde la autora elude con simpleza papel reemplazándolo por rol, personificación, actuación, letra. Incluso, al referirse a la bomba que Dimitri Bolanov prepara como venganza amorosa: “…el envoltorio estaba arrugado, tenía la consistencia de una hoja marchita pero a la vez la delicadeza de una tela prolijamente planchada, así tenía el aspecto que otorga un descuido, casi cosa olvidada sin intención. El aparato estaba en medio de la fiesta y nadie parecía reparar en él, tal vez porque la elegancia de la gala merecía satisfacer otras curiosidades.” La paradoja del papel ausente vuelve como detonante en el baño del comisario político Servichenko (quien desconfía sobre la integridad moral revolucionaria de Bolanov). Es cuando el rosario de insultos se propala por los fríos pasillos del Ministerio, llegando como letanía en plena siesta del líder. Imaginar las consecuencias es algo sencillo, cosa que Korpokova lleva hasta el delirio absoluto: tres niñas del Coro Polifónico Esperanza Revolucionaria murieron esa noche, golpeadas salvajemente por el atizador de la estufa del líder. Animosidad de los objetos inanimados, propaló el escueto comunicado.

Existen varias voces en El Adoctrinador. La de Bolanov: irreflexivo, iracundo, intuitivo, astuto, absolutamente paranoico y absorto por su función de velador ideológico. La de los personajes circunstanciales, a tono cada uno con su tragedia ínfima. Y la de la autora, quien explora hasta el cansancio en la psicología del sujeto que desanda la trama. En eso prefiere la venganza personal antes que la tachadura de la corrección, extendiendo las descripciones casi de forma ridícula, cuyo efecto es más bien contradictorio y un poco aburrido. En eso es fiel a cierta escuela intuitiva, encarnada más en Dostoievsky que en Lenin, aunque también vale la inversión del ejemplo. Pero el giro de su estilo (la cita de la cita, el énfasis en los detalles morosos, la elongación del tiempo del pensamiento de cada personaje), evoca más la figura del exceso de alcohol que su falta. En sí, la novela simula un turbio cruce de enredos y celos profesionales, para ahondar en las miserias más rastreras de cada ser que, muchas veces, resulta irrelevante a la historia, al punto que tienen la apariencia de estar perdidos en ella. Los últimos siete capítulos, casi cien páginas, es un final dilatado hasta que Bolanov toma la decisión fundamental, aquella que siempre negó o no pudo ver. Lo demás, aquello externo al relato, quedará abolido, centrándose en las dudas y toma de valor del personaje principal. No hay héroe en él, ni guerrero sombrío, sólo un funcionario al que muchas piezas retardan su extinción definitiva. Será nuestra lectura la que ponga fin al relato, como si la complicidad fuera imprescindible. Recurso vulgar y equivocado, que puede sumirnos en el mayor arrepentimiento, o en odio visceral por lo que resulta exceso y estuvo ausente como representación desde el inicio: el papel.

~ por OmarG en Febrero 20, 2007.

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