Velo nocturno
Hoy vi fotos de un cometa contra el atardecer. Decía la noticia televisiva que era el más potente en treinta años, y que se lo podía ver a “simple vista”. Desde mi terraza, sin edificios cercanos, puedo contemplar casi en su totalidad la bóveda celeste que corresponde al hemisferio sur y, les aseguro, no hay cometa por donde se mire. Es un ausente, algo que evade la curiosidad, la expectativa, es una dilusión entre efluvios azules.
Esperaré al amanecer, por ahí lo invoco antes que recuerde su trayectoria. Y en ese instante mínimo, espacial, dormiré el sueño que me plazca, o el que se ofrezca, más precisamente. Los sueños no tienen relación con el cielo, ni con cometas, ni con mareas. Sí con el reflejo del recuerdo, como esquiva presencia de la memoria, casi falla geográfica de lo que pudo ser, o tal vez cuerpo evasivo de un temor que antecede.
No es mala idea morir durmiendo.

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