De lo que un Apache encontró entre Nómadas
Buenos Aires carece de suficiente calentura política. Por eso el verano refresca la noche cual si el viento marino llegara como bálsamo. Y son las apariencias una jugada del engaño: el asfalto recalentado poco tiene que ver con oleajes o corrientes, y lo que devora no son más que pisadas casuales provocadas por la huida. La ciudad no es más que el comienzo del desierto y la fe se diluye en sí misma. Mientras tanto… las ideas nos celebran sin sabernos. Sólo se trata de buscar, insistir. En su Nro. 2 de diciembre, Nómada (la revista de la UNSAM), reproduce varios artículos de sumo interés. Uno, en particular, hecha luces sobre cierto tema candente (otra vez la canícula) por éstas páginas. Rogelio García Lupo, (a) Pajarito, tildado como summa paranoica por los laderos del menemato (incluido Lanata), responde las preguntas de Jorge Boccanera respecto a su nuevo libro, Ultimas noticias de Perón y su tiempo. Transcribo dos párrafos, por demás inquietantes.
Creo que hay que comenzar a estudiar a Perón como un profesional de la Inteligencia militar, que siempre ha estado encargado –aunque a veces parezca estar lejos- de la estrategia del Estado Mayor del Ejército Argentino. Su condición de militar no desaparece nunca, sea en el poder político o el exilio. Perón es funcional a una estrategia del Estado Mayor del Ejército.
Y, más adelante:
El Ejército argentino comprendió que el fin de la guerra le traería problemas a muchos altos mandos que deberían responder por su política de neutralidad o su abierta simpatía por los derrotados. Cuando uno encuentra en la correspondencia de Victoria Ocampo de 1945, que a ella le parecía posible llevar a Perón ante el tribunal de Nuremberg, se entiende de qué estamos hablando. Perón les propuso a sus camaradas de armas levantar un gran partido de masas y legitimar con la consulta democrática a los militares. La estrategia funcionó: millones de votos lo respaldaron y la cuestión de dónde habían estado los militares argentinos en la guerra se perdió en el pasado. El presente de crecimiento económico y buenos salarios dejó el tema a los historiadores. Vale decir que Perón tuvo la suficiente serenidad como para salvar al Ejército argentino de tener que dar explicaciones internacionales. Es una demostración de valor de un político impresionante y al mismo tiempo de adaptación.
A partir de tales reflexiones, vale preguntarse cuánta tela histórica queda por cortar, cuánta realidad política responde a ciertas tramas elaboradas hace más de sesenta años. En los últimos días de diciembre último, el canal de noticias América 24, reprodujo uno de los tantos documentales que la productora de Román Lejtman elaboró en su momento. Particularmente llamativo resultó el tema: la triple A de Lopecito. Hacia el final, el periodista acota una serie de definiciones, destacándose una en particular:
La triple A era funcional a la política de Perón. El líder no podía ignorar su existencia y, por sus características a la hora de ejercer el poder, desconocer el valor de sus acciones (crímenes) para ejercer ese mismo poder.
Viene a la memoria aquella anécdota durante mi forzado paso por la vida militar (colimba). El capitán Castro –quien militarmente capturó a los pocos guerrilleros del grupo Ramón Rosa Giménez en la selva tucumana-, lucía sobre un escritorio de su oficina dos extraños trofeos de aquella operación: una granada (color verde, similar a una lata de gaseosa) y un bomba voladora antitanque para lanzarse desde un FAL, ambas con números de serie y sellos de Fabricaciones Militares. El oficial investigó el origen del armamento encontrado en manos del enemigo y llegó a la conclusión que ambas piezas habían sido remitidas desde el Arsenal Esteban de Luca al Batallón 601, en Campo de Mayo, apenas unos meses antes de convertirse en decoración de interiores.
Destrabados los archivos del FBI, y algunos de la CIA respecto al Plan Cóndor, llama la atención cierta carta de agradecimiento formal hacia José López Rega, firmada por el presidente Carter, por los servicios prestados al gobierno de EE.UU. Podemos pensar que Lopecito fue un traidor a su jefe, un topo insertado en su círculo íntimo, para manipular los efectos de cierta masa política consistente sobre la hegemonía norteamericana en la región. O que el enano maldito, viendo su cuota de poder consolidada, se ofreció al mejor y funcional postor para dejar el campo expedito en la realización de un genocidio. Me inclino a pensar en la segunda hipótesis como la más viable, por la corta formación intelectual del brujo y su desmedida ambición personal que, en la desmadrada dinámica de los hechos, componía un personaje por demás mutante. Existen infidencias en la historia, y para ilustrar lo anterior, vale la anécdota del llamado telefónico de Perón a un médico, político, relevante, pidiendo ayuda profesional: “Me están envenenando”, confesó el general. El médico recomendó a otro, de su total confianza. Perón le agradeció y prometió consultarlo, no sin antes pedirle absoluta reserva. El general nunca llegó al consultorio y sí a un cajón en el Congreso Nacional.
El peronismo muestra una serie de fisuras particulares, y como una nave enorme, al garete de los acontecimientos, arrastra a la población entera en el naufragio de una historia ruinosa, sin anclas ideológicas claras ni presupuestos éticos mínimos que permitan confiar en una sola de sus afirmaciones futuras. De la práctica de sus alianzas, queda la sensación de un oportunismo rastrero que lejos está de autofagocitarse para preservar aquello que lo precedió y brindó sustento, el país mismo.

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